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Los padres traen a sus propios hijos para el acto de confiar su cuidado a la Virgen de la Revelación.
El encuentro se desarolla en modo muy simple, pero significativo; los niños junto con los padres son preparados sobre el valor de este gesto que encierra en sí mismo un profundo significado. El confiar el cuidado se inicia en la espiritualidad del Bautismo en el cual ha sido depositado la riqueza de la Redención y de la Gracia.
Como un niño es cuidado por su propia madre, nosotros confiamos nuestro cuidado a la Virgen María para aprender a caminar en los acontecimientos de nuestra historia y nos confiamos a Ella para estar protegidos en las dificultades, para tener el buen consejo en las elecciones, para ser nutridos por la santa doctrina de la Iglesia, conocer lo que Jesús quiere de nosotros y para ser acompañados, al final de este pelegrinaje terrenal, a ese Reino que nos espera.
Somos conscientes que educar a un niño significa sacar afuera lo que ya está dentro de él como una semilla: educar a un niño es guiarlo para que descubra la realidad, iluminando su inteligencia, ayudando su voluntad para que s ea capaz, en el futuro, de elegir no por egoísmo, sino por amor. Es pues fundamental e indispensable, acompañarlo en la formación de los primeros hábitos, ofreciéndole modelos de una vida cristiana vivida.
El programa de la educación cristiana no es el de "dar la idea de Dios" mas el de ayudar a los niños a entrar en relación con Dios, enseñándoles a hablar con El con simples expresiones de la vida cotidiana como "Gracias, Jesús. Gracias Virgencita". Y así, paulatinamente, progresivamente, aprenderán que Jesús no es el competidor del hombre, sino el amigo fiel, el compañero de viaje que nos ayuda a recorrer el pelegrinaje de la fe con la presencia de su y nuestra madre, la Virgen María.
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